DÍA 3

Publicado el 5 de marzo de 2026, 23:35

Cuando una terapia de grupo de 90 minutos te deja más cansado que 45 minutos de gimnasio, sabes que al día siguiente te vas a levantar agotado.

 

Siempre tengo ganas de que llegue el jueves y aunque sé que dolerá y que puede que al día siguiente aun me encuentre peor, soy consciente que es parte del proceso, pero caray, pensé que sería más adelante, no recién empezando el grupo.

 

Los dos jueves anteriores al de ayer no fueron diferentes, de hecho, el día 20 de febrero fue mucho peor, me levanté como si me hubiese pasado un tren por encima. Y el día 27 de febrero. Bueno, el 27 de febrero va a ser un día que me va a costar mucho tiempo olvidar.

 

Hoy creo que puedo decir que es el día que mejor me he levantado después de estos tres primeros jueves de grupo que llevamos. Me sentía cansada, sí, pero no agotada físicamente, es una sensación extraña que tienes que experimentar para poder describirla, pero me sentía bien, relajada y pensando en lo que habíamos hablado ayer. Nuestro lugar seguro y cómo nos hablamos.

 

Ayer me recordaron que conocía la teoría de como debo tratarme y hablarme, cuidarme si cabe sin menospreciarme a mí misma, pero que tengo que aprenderme el discurso. Conozco la técnica, por decirlo de alguna forma, pero debo aprender a aplicarla y es algo que me constará más de lo que creo. No puedo evitar pensar, incluso cuando me hacen un cumplido, que me lo están haciendo por compromiso, ¿Cómo voy a creerme un discurso que me diga a mí misma?

Pero sí, admito que debería hablarme mejor y darle una vuelta (voy a tatuarme esa frase) antes de soltar eso que tanto me digo de… Qué torpe soy. Que de tantas veces que me lo he dicho, se ha convertido en una etiqueta.

 

Mi lugar seguro reconozco que, de las dos técnicas que nos explicaron, la primera me hizo conectar más con el pasado que sentirme segura y protegida.

No pude evitar, estando ahí, con los ojos cerrados, pensar en: cómo pude dejar que pasara, fui parte de ello y rememorar toda esa culpa, la vergüenza, y por qué no decirlo, el asco que siento hacia mí misma desde hace 36 años.

 

Y la segunda me funcionó mejor. Pude visualizar ese espacio que me da paz. En el que puedo estar tranquila y, aunque me faltó la música que lo acompaña, pude recordar perfectamente sus tonos violetas, el sonido de la cascada, el agua corriendo y las luciérnagas dando un poco de luz al lugar donde hay esos árboles tan peculiares de hojas blanquecinas.

 

Se que ese lugar existe en un videojuego, e inconscientemente ya había pasado en él algunas horas muertas sola o acompañada, hablando con amigos o pensando en mis cosas. Incluso con la mente en blanco, pero siempre sintiéndome tranquila y en paz y ese será mi lugar seguro, el lugar al que intentaré regresar cada vez que me  asalten los pensamientos que me destrozan y me hacen sentir que no valgo nada y que consentí algo que jamás debió pasar…

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